sábado, 29 de agosto de 2015

El dolor de adolecer como adolescente


Escribo esto después de haber estado conviviendo como docente por dos años en un bachillerato público del estado de Puebla. Desde mi concepción, la adolescencia tiene que ver con una etapa de la vida entre la niñez y la juventud-adultez. Configurada a partir de una serie de cambios sociales, biológicos y psíquicos, hace meter en líos de existencia a quien ella atraviesa.
Al ser una etapa de transición, la adolescencia vive con la impronta de no ser ni uno ni otro, de pertenecer y no hacerlo, de querer hacer y sentir no poder conseguirlo. Ello podría caracterizar a esta etapa como sigue: un estado humano en algún lugar entre la niñez que fue y ya no lo es más, y la juventud-adultez que está llegando intempestivamente.
La Real Academia Española enmarca el verbo “adolecer” en los siguientes términos (1) “causar dolencia o enfermedad”, (2) “caer enfermo o padecer alguna enfermedad habitual”, (3) tener o padecer algún defecto” y (4) “compadecerse (sentir lástima)”. Pensemos por unos instantes en lo que socialmente la gente dice acerca de las personas que concurren por esta condición.
El adolescente es visto como anómalo cuando se menciona que está “en la edad de la punzada”, como si las otras etapas de la vida no tuvieran sus propias experiencias delicadas al tiempo que dolorosas, y como si este punto de la vida fuera el único en que una persona pudiera resultar molesta para otras. Se le ve como precoz porque “le salen peleas en el Coliseo”, “pelícanos en la bahía” o, para aquellos que son más francos “pelos en las manos”, aludiendo a la arista sexual del momento,[1] nuevamente como sin en otras estaciones del ciclo de vida esto no pasara.
Entre familias resulta casi una obligación decir cuándo el hijo o hija se encuentran en este momento, como si el deber fechar su inicio fuera signo de determinación del arranque de la crisis que comienza, a lo cual la respuesta “compasiva” de otros no se hace esperar: “ay te entiendo, está en esa etapa difícil”. Instante en que los chicos, varones, abandonan los carritos, las caricaturas y los juguetes de acción para ir hacia otros intereses: la masturbación junto con la experiencia de la primera eyaculación, la música, el interés por vestirse bien, la secreción de fétidos olores corporales, los vellos en la cara, las fiestas, la experimentación expresada en beber alcohol, fumar un cigarrillo y “coger”. Mientras tato para las chicas, mujeres, esta etapa se caracteriza por ir del juego de té, las muñecas, los cuentos de hadas y los unicornios de colores, a la menstruación con sus correspondientes vicisitudes, los novios y lo romántico, el usar tacones y kilos de maquillaje, la necesidad del perfume y los tratamientos capilares, los clichés de la “primera vez”.
Quizás se note una ausencia esencialista entre los sexos, podrá decirse que no se está considerando, por ejemplo, que en ambos casos el vello crece, se viven duelos por la niñez perdida, los cambios de humor/corporales se experimentan, si no por igual, de manera similarmente catastrófica: lo erótico, lo amoroso, etcétera. El sesgo es intencional puesto que toda esta serie de cambios a nivel sociocultural, se subdividen de forma mítica, haciendo parecer que son “propios de unos”, y “propios de otras”, objetivados en las expresiones materiales e ideales que ya se han comentado (el dúo sexual-varón versus el dúo-amor-mujer, entre los más característicos).
Lógicamente somos distintos entre los sexos. El problema aparece cuando, “por ser mujer”, a las chicas se les juzga más por beber alcohol (¿o acaso no hemos escuchado frases como “si en un hombre estar borracho se ve mal, ¡mucho más en una señorita!”?), o cuando los varones, “por ser hombres” no pueden abrazar ni besar a sus compañeros hombres, ni en un sentido o de camaradería, ni en uno experimentación sexual porque “no vaya a ser maricón”. De tal suerte, la lógica social que predomina para tratar al adolescente se complejiza.
Volvamos a las características que, independientemente del sexo al que se pertenezca, se le atribuyen al adolescente. Ente extraño que no da problemas sólo en el seno familiar sino en todo lugar que pise: la escuela, la casa de la abuela, la calle, la iglesia, etcétera. En la institución educativa será pieza del rompecabezas del caos: destruirá puertas de baños y bancas al impregnar en ellas frases catalogadas como “vandálicas” (no es fruto de su necesidad de expresarse, es sinónimo de su ímpetu destructor). Hurgará en lo fangoso de lo sexual cuando se atreve a preguntar sobre algo o cuando, sin más, se toca o se besa con alguien más (no experimenta para aprender, es “caliente” e “indecente”). Gritará y será molesto porque es inquieto y parlanchín en unos casos (no es creativo y curioso por conocer el mundo desde una nueva perspectiva, es “mal educado” y “no sabe más que el desmadre”), o pasivo y sin ganas de hacer nada (no es contemplativo respecto a los cambios que le acaecen, es “holgazán” y poco visionario).
Nótese que seguimos en el terreno de lo figurado, de la serie de atributos que se disfruta de imaginar como propios del adolescente. En todas las concepciones descritas en el párrafo anterior se le esencializa, se le coarta, se le mutila; en la última de ellas puede apreciarse además, un sentido ambiguo, donde el poder de la ideología que le constriñe busca no dejarle una puerta de salida: se le acorrala como toro en fiesta brava.
Estos juicios en su contra serán expresados prácticamente por doquier donde pise el adolescente, con sus asegunes. En ocasiones será tipificado como sucio (por ejemplo, cuando un varón de su edad se encierre largos periodos en el baño, causando un malestar a su familia pues transgrede un espacio y su debida utilización), como malo (pues en el confesionario de la iglesia podría ser juzgado al revelar sus “nuevos” sentimientos), como criminal (pues en la calle se le podrá juzgar por la policía como sospechoso al vestir de forma “rara”).
Mediante los casos que hemos ilustrado, se podría postular que ser adolescente no es tarea fácil. Al igual que a ningún adulto se le enseña a serlo, a ninguna persona se le dan clases para lidiar con los dolores del cambio propios de esta etapa. Hace falta dejar claro una suerte de doble discurso que rodea a la adolescencia: si bien socialmente no se le reconoce como una etapa en sí (porque se les juzga como “niños” algunas veces, como “adultos” en otras), también se reconoce que es la “edad de la punzada”, la de “andar noviando”, o “de loco/loca exagerando emociones”. Quizás esta dualidad en el discurso adulto responda, o bien a una extensión de la ambigüedad “naturalizada” propia del adolescente, o bien a una extensión prolongada del adolecer durante la adultez. Después de todo, si es el adolecente quien “no está bien”, ¿no es posible postular que todos podríamos serlo, siempre que revivimos el fantasma de los mitos duales entre la niñez y la adultez?



[1] Aunque hace falta enfatizar que es en el caso de los varones cuando más se persigue la pulsión sexual… ¿Represión de las “ganas” naturalizadas como masculinas de cara a la opresión hacia las mujeres, quienes aparentemente no se tocan ni se erotizan?