Escribo esto después
de haber estado conviviendo como docente por dos años en un bachillerato
público del estado de Puebla. Desde mi concepción, la adolescencia tiene que
ver con una etapa de la vida entre la niñez y la juventud-adultez. Configurada a
partir de una serie de cambios sociales, biológicos y psíquicos, hace meter en
líos de existencia a quien ella atraviesa.
Al
ser una etapa de transición, la adolescencia vive con la impronta de no ser ni
uno ni otro, de pertenecer y no hacerlo, de querer hacer y sentir no poder
conseguirlo. Ello podría caracterizar a esta etapa como sigue: un estado humano
en algún lugar entre la niñez que fue y ya no lo es más, y la juventud-adultez
que está llegando intempestivamente.
La
Real Academia Española enmarca el verbo “adolecer” en los siguientes términos
(1) “causar dolencia o enfermedad”, (2) “caer enfermo o padecer alguna
enfermedad habitual”, (3) tener o padecer algún defecto” y (4) “compadecerse
(sentir lástima)”. Pensemos por unos instantes en lo que socialmente la gente
dice acerca de las personas que concurren por esta condición.
El
adolescente es visto como anómalo cuando se menciona que está “en la edad de la punzada”, como si las
otras etapas de la vida no tuvieran sus propias experiencias delicadas al
tiempo que dolorosas, y como si este punto de la vida fuera el único en que una
persona pudiera resultar molesta para otras. Se le ve como precoz porque “le salen peleas en el Coliseo”, “pelícanos en la bahía” o, para aquellos
que son más francos “pelos en las manos”,
aludiendo a la arista sexual del momento,[1]
nuevamente como sin en otras estaciones del ciclo de vida esto no pasara.
Entre
familias resulta casi una obligación decir cuándo el hijo o hija se encuentran
en este momento, como si el deber fechar su inicio fuera signo de determinación
del arranque de la crisis que comienza, a lo cual la respuesta “compasiva” de
otros no se hace esperar: “ay te entiendo,
está en esa etapa difícil”. Instante en que los chicos, varones, abandonan
los carritos, las caricaturas y los juguetes de acción para ir hacia otros
intereses: la masturbación junto con la experiencia de la primera eyaculación, la
música, el interés por vestirse bien, la secreción de fétidos olores
corporales, los vellos en la cara, las fiestas, la experimentación expresada en
beber alcohol, fumar un cigarrillo y “coger”.
Mientras tato para las chicas, mujeres, esta etapa se caracteriza por ir del
juego de té, las muñecas, los cuentos de hadas y los unicornios de colores, a la
menstruación con sus correspondientes vicisitudes, los novios y lo romántico,
el usar tacones y kilos de maquillaje, la necesidad del perfume y los
tratamientos capilares, los clichés de la “primera
vez”.
Quizás
se note una ausencia esencialista entre los sexos, podrá decirse que no se está
considerando, por ejemplo, que en ambos casos el vello crece, se viven duelos
por la niñez perdida, los cambios de humor/corporales se experimentan, si no
por igual, de manera similarmente catastrófica: lo erótico, lo amoroso,
etcétera. El sesgo es intencional puesto que toda esta serie de cambios a nivel
sociocultural, se subdividen de forma mítica, haciendo parecer que son “propios
de unos”, y “propios de otras”, objetivados en las expresiones materiales e
ideales que ya se han comentado (el dúo sexual-varón versus el dúo-amor-mujer,
entre los más característicos).
Lógicamente
somos distintos entre los sexos. El problema aparece cuando, “por ser mujer”, a las chicas se les
juzga más por beber alcohol (¿o acaso no hemos escuchado frases como “si en un hombre estar borracho se ve mal,
¡mucho más en una señorita!”?), o cuando los varones, “por ser hombres” no pueden abrazar ni besar a sus compañeros
hombres, ni en un sentido o de camaradería, ni en uno experimentación sexual
porque “no vaya a ser maricón”. De tal
suerte, la lógica social que predomina para tratar al adolescente se
complejiza.
Volvamos
a las características que, independientemente del sexo al que se pertenezca, se
le atribuyen al adolescente. Ente extraño que no da problemas sólo en el seno
familiar sino en todo lugar que pise: la escuela, la casa de la abuela, la
calle, la iglesia, etcétera. En la institución educativa será pieza del
rompecabezas del caos: destruirá puertas de baños y bancas al impregnar en
ellas frases catalogadas como “vandálicas”
(no es fruto de su necesidad de expresarse, es sinónimo de su ímpetu
destructor). Hurgará en lo fangoso de lo sexual cuando se atreve a preguntar
sobre algo o cuando, sin más, se toca o se besa con alguien más (no experimenta
para aprender, es “caliente” e “indecente”). Gritará y será molesto
porque es inquieto y parlanchín en unos casos (no es creativo y curioso por
conocer el mundo desde una nueva perspectiva, es “mal educado” y “no sabe más
que el desmadre”), o pasivo y sin ganas de hacer nada (no es contemplativo
respecto a los cambios que le acaecen, es “holgazán”
y poco visionario).
Nótese
que seguimos en el terreno de lo figurado, de la serie de atributos que se
disfruta de imaginar como propios del adolescente. En todas las concepciones
descritas en el párrafo anterior se le esencializa, se le coarta, se le mutila;
en la última de ellas puede apreciarse además, un sentido ambiguo, donde el
poder de la ideología que le constriñe busca no dejarle una puerta de salida: se
le acorrala como toro en fiesta brava.
Estos
juicios en su contra serán expresados prácticamente por doquier donde pise el
adolescente, con sus asegunes. En ocasiones será tipificado como sucio (por
ejemplo, cuando un varón de su edad se encierre largos periodos en el baño,
causando un malestar a su familia pues transgrede un espacio y su debida
utilización), como malo (pues en el confesionario de la iglesia podría ser
juzgado al revelar sus “nuevos”
sentimientos), como criminal (pues en la calle se le podrá juzgar por la
policía como sospechoso al vestir de forma “rara”).
Mediante
los casos que hemos ilustrado, se podría postular que ser adolescente no es
tarea fácil. Al igual que a ningún adulto se le enseña a serlo, a ninguna
persona se le dan clases para lidiar con los dolores del cambio propios de esta
etapa. Hace falta dejar claro una suerte de doble discurso que rodea a la
adolescencia: si bien socialmente no se le reconoce como una etapa en sí
(porque se les juzga como “niños”
algunas veces, como “adultos” en
otras), también se reconoce que es la “edad
de la punzada”, la de “andar noviando”,
o “de loco/loca exagerando emociones”.
Quizás esta dualidad en el discurso adulto responda, o bien a una extensión de
la ambigüedad “naturalizada” propia del adolescente, o bien a una extensión prolongada
del adolecer durante la adultez. Después de todo, si es el adolecente quien “no está bien”, ¿no es posible postular
que todos podríamos serlo, siempre que revivimos el fantasma de los mitos
duales entre la niñez y la adultez?
[1] Aunque hace falta enfatizar que es en el caso de los
varones cuando más se persigue la pulsión sexual… ¿Represión de las “ganas” naturalizadas como masculinas de
cara a la opresión hacia las mujeres, quienes aparentemente no se tocan ni se
erotizan?